Curaduría y diseño expositivo: Cecilia Escalante & Rocío Genovese
Hablar de La Boca es hablar de un borde. No sólo geográfico: un límite movedizo entre el río y la ciudad, entre lo que fue y lo que todavía resiste. En ese paisaje de puerto —pintura descascarada, humedad y veredas que aún se habitan— la historia se mezcla con la materia, y el tiempo se acumula en capas, como una pintura que nunca termina de secar.En ese entorno, Hernán Otero desarrolla su obra. Se dice pintor de aldea, de esos que observan lo inmediato, el detalle que muchos ya dejaron de mirar, como las estructuras industriales o los muelles vacíos. Aquellos vestigios de una Buenos Aires que fue pero que aún persiste. En sus óleos y técnicas mixtas, la materia lleva memoria: pigmentos, polvo y restos que se adhieren al lienzo como ecos de un paisaje que insiste.A veces la pintura emerge del territorio; otras nace desde la propia materia, como si la superficie necesitara hablar. En un registro, la ciudad detenida y sus restos se vuelven imagen. En otro, esa energía se vuelve cuerpo y se desplaza hacia lo político: los objetos desechados cobran voz, reconstruyen mitos y convierten lo cotidiano en escena ritual.Frontera Sur se sitúa en una zona incierta donde el pasado no termina de morir y el futuro aún no nace del todo. Es una investigación sobre los límites —entre lo humano y lo natural, lo político y lo cotidiano, la pintura y el tiempo—.En el trabajo de Otero, la materia no sólo construye imagen: también recuerda, respira y narra.
